sábado, 6 de febrero de 2010

La Iniciación en un poema

I

Dumas comprendió que la auténtica Iniciación,
está más allá del rito y del símbolo;
reposa bajo el miedo, y desdeña las palabras.

Humilde, quien encuentra la Luz. Se reconoce su esclavo
y consagra para la libertad su sangre,
y para la esperanza inmola sus pasiones.

Dos Iniciados memorables.
Desfilan por sus páginas,
Cagliostro y Rosseau,

Enseñándonos que es diversa la luz que mueve a los seres.
Y una la estrella que los guía; Gracias, viejo Dumas.
Si bien la adolescencia te condenó a la inmortalidad de la memoria,
a ti te debo la pasión de construir:

Triple es el juramento, tres son los años que forman mi asombro,
tres son los puntos con que explica cada día
el esplendor de la madrugada.

II

La Oscuridad es absoluta. Y una voz me dice
que tome la forma del tiempo y la ceniza.
Que regrese a la visión de mis huesos.

Que acostumbre mis ansias al pan negro,
A la semipenumbra de una vela
próxima a extinguirse.

He hecho mi Testamento horas antes.
Temo, y sin embargo una sed inevitable
me empuja al último secreto,
me hago tierra, calavera, tiempo:
Es más fuerte la fe de quien teme
Que el coraje formado con vanas sílabas
Con que se suele huir de la esperanza.

Se me libera del mundo, para entregarme al mundo.
Así sucumbo a esa voz, que por honesta, es verdadera.
Volveré a los días y a sus afanes minúsculos,
pero mis ansias serán otras.
Ser al menos una vela que resista la sombra,
ser en el mundo pequeño de cada día
un incidente de paz.

III

He viajado por el Agua
Y los sonidos con que las pasiones ahogan la música del mundo.
He transitado por el Aire
Y escuchado el furor de las espadas que combaten la iniquidad.

He atravesado el Fuego
Para que sea mi vida sólo aquello que se niegue
a la turbia vocación de la ceniza.

He formulado juramentos de los que nada podrá dispensarme:
Me he hecho Libre hermano de la piedra,
y como ella, fuerte ante la fuerza
y dócil ante el arte.

Hermano soy de la piedra en bruto,
y como ella libre.
Como ella prefiero caer del Templo
antes que desistir de ocupar
un lugar exacto y justo
entre los seres y las cosas.
Piedra fuerte.
ceñida a los designios de la Pureza.

IV
Otra muerte no habrá para el traidor:
arrancará de la espada sus propias respuestas.
Su legado, encontrará el acero letal de sus mentiras.
No hallará otro reposo
que envenenarse poco a poco en sus palabras,
ni otro consuelo que la vanidad vacía
de sus huesos sin honra.

Supe esto al cambiar los pesados ropajes de mi corazón
por un Mandil Blanco.
Y el estigma de una ciudad enferma
por el triple Abrazo de mis Hermanos.
Sé que no hay sitio bajo este Cielo de Acero
para aquel que aniquila con palabras su palabra:
Aquí la Fraternidad por sí sola
Ahuyenta las sombras.

V

Me han entregado dos Pares de Guantes blancos:
El primero, me aleja del crimen,
El Segundo, me obliga al amor.
Pero mis manos no son dignas aún ni de uno ni del otro;
Cada deslealtad me convierte en asesino,
cada omisión transforma el afecto
en un desierto de espejos.

Y cada noche al recordar mi Juramento
de Silencio, Laboriosidad y Paz,
algo muy profundo me dice que soy un pequeño fuego,
buscando agradecer con luz, la luz del Gran Arquitecto.
Que sea Él el Destinatario de la blancura que intento.

VI

Se le dijo a Cagliostro,
si creemos al nunca exacto y siempre atinado
Alejandro Dumas,
que la espada que recibía al iniciarse
era para combatir la tiranía.

Bien sabía el mulato genial
que las insidias del fanatismo
sólo se eluden con la lealtad a la palabra.
La palabra pronunciada entre Hemanos
Y que contra toda opresión
el Secreto fraterno,
y la obediencia que se debe al afecto,
son las mejores armas.

Guardo silencio ante mis Hermanos,
obedezco sus voces, secundo sus decisiones.
Ninguna sumisión me obliga,
ningún rito intrascendente:
escucho para dar a mi libertad mejores alas.
Llega la media noche, y rompo el silencio,
y río, sabiendo que contra toda tiranía
no hay espada más feroz
que el silencio debido a mis Hermanos.

VII

Desprovisto de joyas, con el pecho descubierto y descalzo.
Una Soga fatal en el cuello.
Se me pide que piense acerca de quien soy,
se me incita a ofrecer mi sangre a quien la necesite.
Se me ofrecen bebidas de sabores opuestos,
como opuestas son la libertad y la sombra.

Espada en mi pecho,
preguntas que alguien responde por mí
afirmando que soy un hombre libre
y de buenas costumbres.
Que cada día me exija estas mismas pruebas,
que nunca la fácil costumbre,
Ni el rencor que se deposita con polvo
en los rincones de la sangre,
permitan que olvide que sólo soy
quien reflexiona sobre sí, desposeído.
En el límite del cadalso,
que quien dé fe de mí
lo haga pronunciando la palabra libertad.

VIII

Por fin se me concede la Luz.
Como a un niño pequeño se me enseña a caminar,
A Saludar,
a decir mis primeras palabras.
Incluida la que no podré pronunciar jamás.

Como a un niño de brazos,
mis Hermanos me enseñan el Abrazo,
me enseñan a reconocerlos, a Sentirlos.
Y como a un niño pequeño
que conoce la luz mas no el nombre de la luz,
se le regala un nuevo asombro,
un nacimiento nuevo,
semejante al descubrimiento de un idioma.

Quizá pronto aprenda a caminar,
y reciba con un abrazo recién aprendido a mis Hermanos Menores;
pero como un niño pequeño. me resisto a crecer demasiado pronto.
Quisiera permanecer siempre Aprendiz,
amamantado siempre de luz
como un eterno, asombrado niño.


Daniel Jiménez - R:.L:. N° 39 al Or:. de Medellín, Colombia


** Publicado por el autor en www.glrbv.org.ve/Poemas%20Masonicos/Poema%20Masonico.htm