jueves, 22 de enero de 2015

Historia de la Masonería II - Los constructores

Por Máximo E. Calderón

Desde antes que apareciera la civilización, ya existieron los constructores. Desde el mismo momento en que un hombre amontonó ramas para hacerse un refugio o para mejorar una grieta natural, se habrían desatado en el hombre la ingeniería y la arquitectura.
Es muy posible que la constructividad  venga en los genes del ser humano, ya que hay animales que desde su instinto arquitectónico  elaboran obras maravillosas, como los horneros, los castores, los gorriones, los loros, las arañas, las hormigas, las abejas y así muchos más.
Es por ello que en el desarrollo de las artes de la construcción, no podemos encontrar una línea común a todas las Culturas.

Hubo constructores formidables en Nínive, en Babilonia, en China, en Egipto y también entre las grandes Culturas de la América precolombina. Testimonio de ello fueron por largos siglos las llamadas siete maravillas del mundo, de las cuales solo se conserva hoy en pie, la Gran Pirámide de Kheops o Khufu.
Pero la prehistoria de la Masonería se desarrolló íntegramente en Europa, comenzando con los colegios de artesanos y comerciantes romanos, supuestamente fundados por Numa Pompilio, para aparecer luego los Colegios de Arquitectos, que gracias a la importancia estratégica de su labor, comenzaron a acompañar a las legiones en sus expediciones de conquista.

Según cuenta Herrera Michel, esos Colegios divididos en aprendices, compañeros y maestros, tenían rituales religiosos dirigidos por sacerdotes, que con el tiempo fueron infiltrados por los misterios mitraicos y semitas.
Llegado el momento en que el Imperio se convirtió al cristianismo, la labor de los arquitectos decreció en forma notable.
Dejaron de construir palacios, templos, carreteras y acueductos, y solo se dedicaron a adaptar los viejos templos a la nueva religión, y a levantar nuevas iglesias.

Ya en el Siglo IV, algunos de estos arquitectos se congregaron en la zona Lombarda del lago Como, y con el paso de los años fueron adquiriendo tal prestigio, que muchos constructores acudían a su isla fortificada, para aprender los profundos secretos del oficio.

A comienzos del Siglo VI, un joven conocido como Benito de Nursia, cansado de la opresión del clero y la vida de la gran ciudad, se retiró a una hermita de los alrededores de Roma y fundó allí un ínfimo monasterio, a donde pronto fue seguido por otros jóvenes con inquietudes semejantes.
No demoró Benito en multiplicar los monasterios, y para el año 529 fundó su obra mayor cerca de Nápoles, el monasterio de monte Cassino.

Este primer gran monasterio Benedictino, iba a tener altísima gravitación en la cultura de casi diez siglos de Europa. Si bien en un principio, el propio Benito había ordenado en los trabajos una dedicación casi exclusiva a la copia y conservación de documentos y manuscritos, a poco de establecerse este polo cultural se hicieron intercambios humanos con la isla de Como, al punto de que la segunda ocupación en importancia de los monjes llegó a ser la albañilería, para el mantenimiento de edificios. Algo similar a lo que hacían con los libros.

Entre los Siglos IX y XII, brilló el esplendor de las obras arquitectónicas de los benedictinos y post benedictinos, llegando a realizar y ser los principales encargados de  toda la ingeniería civil que demandaba la Sociedad de la época.
Estos monjes fueron los grandes constructores de catedrales, de los dos primeros siglos de ese milenio.

Derivados de los benedictinos, en el año  910 había nacido la Orden de Cluny y en 1098 la Orden del Císter, que rápidamente se convirtieron en los sublimes arquitectos de su tiempo.
Estos mismos monjes, de Cluny y cisterciences, fueron los primeros en organizar corporaciones gremiales católicas, a la vez que los recién aparecidos arquitectos laicos, también pugnaban por dar estatus jurídico legal a sus organizaciones y ser respetados en sus derechos.

De los Colegios nacidos en Roma ya no quedaba nada, y entre las agrupaciones de oficios de esa parte del Medioevo, se destacaban largamente los comerciantes, cuyos gremios habían logrado monopolizar toda la actividad mercantil, despegados totalmente de los señores feudales.

Los comerciantes viajaban libremente por toda Europa. Organizados en grandes grupos de viaje con largas caravanas de mercancías, los viajeros pasaban muchos meses juntos, conociéndose y confraternizando, generando lo que los germanos habían llamado “guildas” y en latín se llamaba  “fraternitas” o hermandades. Ya sobre finales del siglo XIII, se había empezado a llamar logias, al lugar físico en donde se reunía la fraternitas.

Cuando en Bruselas, Florencia y Gante aparecieron los grandes mercados mayoristas, surgió también el comercio internacional, y nacieron los oficiales calificados que mantenían sus propios gremios haciéndose llamar “compañeros”. No tenían relación con los maestros, mas que como simples contratados, ante quienes trataban de hacer valer sus derechos gremiales.

Aproximadamente para 1490, la situación de los comerciantes europeos había cambiado radicalmente, luego de la caída de Constantinopla en manos de los Otomanos.
Su poder había menguado ostensiblemente y estaban buscando casi desesperados nuevas rutas de comercio con puntos lejanos y con las Indias. Justamente el viaje de Cristóbal Colón fue una de las tantas expediciones que se desarrollaron para salvar el poder agonizante de las guildas de comerciantes.

Pero… ¿eran los propios comerciantes los únicos protagonistas de la merma de su poder social? Solo un poco.
Los nuevos protagonistas, eran las Corporaciones de Oficios.
Los gremios de artesanos y de constructores, le arrebataron el papel protagónico en la Sociedad a los comerciantes, generando un movimiento verdaderamente sindical, monopolizando cada una de sus actividades, delimitando sectores y áreas de influencia, fijando precios y especulando con los tiempos, los contratos de nuevas obras y los salarios de los obreros.

Entre el 1500 y el 1700, los gremios de constructores se adueñaron del movimiento económico de la Sociedad europea, y  sobre finales del Siglo XVII los gremios grandes ya habían absorbido a los mas  pequeños.
Y dentro de sus filas habían ingresado personas que no eran albañiles, sino que venían de otros gremios menores o eran profesionales independientes.

De uno de esos gremios, el de los pintores, había surgido Leonardo Da Vinci, que con base en Florencia, llegaría a generar el Colegio de Arquitectos de Florencia, del cual salieron grandes investigadores y científicos como Américo Vespucio, Toscanelli y Andrea Verrochio.

Fue la época de oro de la masonería operativa, pero mientras mas avanzamos en nuestra investigación, se hace mas difícil esclarecer las circunstancias en que la masonería verdadera y primitiva, la masonería de los constructores, se transformó en lo que conocemos hoy.

Entre el Siglo XVII y el Siglo XVIII, habían aparecido en Europa las Escuelas de Misterios, el Hermetismo, la Cábala, los “secretos” de los Templarios, las Ciencias Ocultas, los Rosacruces y tantas otras Sociedades secretas, que entremezclaban sus investigaciones esotéricas, junto con las investigaciones científicas.
Para no naufragar en el mar de las hipótesis, vamos a partir del año 1641, una época en la cual la mayoría de los historiadores de la Masonería, coinciden en afirmar que fue el momento en que se inició en forma clara y definida la reforma de la antigua masonería operativa, abandonando casi por completo su objetivo primordial.

En 1632 se había producido un importante incendio en la ciudad de Londres, lo que sumado a otros incendios anteriores, hacía pensar en la necesidad de dejar de construir casas de madera, y realizarlas en materiales no inflamables.
Pero los albañiles, los constructores, los hoy llamados masones operativos y expertos en la construcción en piedra, no habrían podido dar abasto para edificar tantas casas particulares, y en general solo se dedicaban a los Templos, y las grandes mansiones.
En 1666 se produjo el golpe de gracia para la masonería operativa. El Gran Incendio de Londres dejo unas 80.000 personas sin hogar y se decidió reconstruir la ciudad con ladrillo y piedra.

El último Gran Maestre masón, de la vieja masonería operativa de Inglaterra, el arquitecto Christopher Wren, iba a ser el encargado de reconstruir la ciudad.
Y así lo hizo, pero los secretos de los masones dejaron de ser secretos, y un gran número de profanos que solo llegaron a trabajar como albañiles, se apoderaron de las técnicas, y lo que hasta ese momento habían sido los misterios del arte de la construcción.
Wren abandonó su cargo de Gran Maestre en el año 1702, y solo quince años después, los pastores protestantes Anderson y Desaguliers, iban a fundar lo que hoy conocemos como la masonería especulativa. Eso iba a ser en el año 1717.

Pero volvamos a 1641. Según el diario de las Cofradías de masones constructores (de Ashmole), fue justamente en ese año que las corporaciones operativas comenzaron a recibir en su seno a personas completamente ajenas al arte de la arquitectura.
Estas primeras iniciaciones se hicieron en forma muy esporádica, y los nuevos integrantes eran recibidos en calidad de miembros honorarios, sin llegar a adquirir las prerrogativas y privilegios de que gozaban los verdaderos obreros.

Los elegidos eran principalmente personas notables o poderosas, que se destacaban en alguna rama de la ciencia, o que podían otorgar algún tipo de protección o mecenazgo.
Esos fueron los primeros masones aceptados o admitidos. Y comenzaron a llamarse a sí mismos free masson (masones libres), ya que por sus privilegios de nobleza o alcurnia social, no debían pagar impuestos y tributar como lo hacían los otros masones.

En la misma época que todo esto ocurría, el ilustre fundador del Museo de Oxford llamado Elías Ashmole, junto con un General del Ejército francés llamado Roberto Moray, solicitaron ser aceptados en una antigua logia de Edimburgo.
En el año 1646, Ashmole y Moray fueron iniciados en la logia Capilla de María, perteneciente a la Compañía de los Obreros masones de Warrington, condado de Lancaster.

En toda Europa, las corporaciones de constructores estaban viendo cada vez mas cerca su final. La desunión y la falta de colaboración mutua, sumado a la falta de cultura general de sus miembros,  hacía que los masones operativos no pudieran insertarse en la Sociedad, y fueran perdiendo el respeto de la gente.
Solamente en Inglaterra conservaban algo de su antiguo poder y reconocimiento, pero no debido a méritos propios, sino al aislamiento de Gran Bretaña respecto al continente, lo cual retardaba los cambios culturales de la Europa de tierra firme.



FIN de la entrega N° 2

Bibliografía:


- ABRINES-ARDERIU: Dicc. Enciclopédico de la Masonería.
- ESPADAS Y AGUILAR: La verdadera historia del REAA.
- HERRERA MICHEL: Historia de la Masonería.

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